martes, 28 de enero de 2014

LAURA MORENO





Laura Moreno, 26 años
Licenciada en Psicología - Trabajando de Au Pair
Nacida en Madrid, España
Actual residente en Arnhem, Holanda.  


CHECK-IN Nº 1

Y todos los días al despertarme me pregunto: ¿Qué hago aquí?

Esa misma pregunta me hacía todos los días en Madrid, mi ciudad natal; al ver cómo pasaban los días y todo seguía igual. Ahora he descubierto que lo importante ya no es el ‘Dónde’, sino el ‘Por qué’.

Llegué a Holanda hace poco más de 3 meses. Sí, Holanda, ese país casi diminuto que nadie sabe muy bien dónde está, que llueve casi todos los días y sale poco el Sol. Pero también es ese país que me está ofreciendo la oportunidad de estudiar, trabajar, conocer otros idiomas, otras formas de pensar, gente peculiar y diferente… en definitiva, el que me está dando la oportunidad de cambiar y crecer, cosa que España ya no hacía.

Hace un año, por estas fechas, yo estaba muy feliz en mis prácticas de Psicología, aprendiendo sobre lo que me gustaba y adquiriendo mucha experiencia que, pensaba, iba a ser útil para mi futuro. Ui, ya se me escapó la dichosa palabra… ¿Futuro?  

Siempre he soñado con tener lo que se supone que socialmente debemos tener: una carrera universitaria, un buen trabajo, para ganar un buen sueldo, poder comprarte una casa y un buen coche, casarte y tener hijos. Pues sí, así proyectaba entonces mi futuro, hasta que me sentaba delante de la televisión y escuchaba las noticias… Desempleo, desahucios, desigualdades, pobreza, corrupción, corrupción, más corrupción… y todo eso que nos rodea día a día. Uno mismo ya se agota, se cansa y se cabrea de vivir con tanta negatividad alrededor, y lo que yo tenía claro, es que esos que mandan desde arriba no iban a arrebatarme mi futuro ni quitarme mis ilusiones.

Una vez acabadas mis prácticas y haber escuchado el típico “ya te llamaremos cuando haya una vacante”, busqué trabajo sin parar, de cualquier cosa, yo solo quería un trabajillo que me permitiera seguir ahorrando para poder pagarme el Máster que quería hacer, pero para trabajar como psicóloga me faltaba experiencia, y para trabajar en una tienda, me sobraba formación. Y así durante meses, hasta que ya decidí que ese no era mi sitio; que no tengo por qué perder el tiempo en un lugar donde no se me valora, que valgo mucho para estar sentada y dar vueltas por ETT’s para recibir siempre las mismas respuestas.  Así pues, pensando en cómo poder salir “huyendo” del país de la negatividad, se me ocurrió que para mí la mejor forma de irme sin correr muchos riesgos e ir con un trabajo asegurado, era ir de au pair.

Nunca me imaginé viviendo con una familia que no fuera la mía, pero aquí estoy, y la verdad es que no tengo ninguna queja; hasta ahora he de reconocer que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Al principio todo es raro, muy raro, y complicado, pero si hay algo que diferencia al ser humano, es la capacidad de adaptación, y es ahora más que nunca cuando hay que ponerla en marcha. Adaptarte a otros horarios, otra comida, otra gente, otras tradiciones, otra climatología, aprender otro idioma… no es fácil, pero si le pones ganas, tampoco es difícil. Siempre hay que pensar en lo positivo de cada experiencia, en todo lo nuevo que está por llegar y todo lo que puedes aprender.

Los primeros días no me veía capaz de estar aquí mucho tiempo, las emociones y la nostalgia son malas compañeras de viaje, hay que saber aparcarlas a un lado para que no te separen del nuevo camino que acabas de emprender.

Y va pasando el tiempo y cada día este nuevo camino te empieza a gustar más. Ya no echas tanto de menos a los tuyos, al fin y al cabo, allí todo sigue igual y sabes que siempre puedes volver cuando lo necesites. Aprendes a vivir sin la ayuda de nadie, a defenderte tú solo de las adversidades que para mí fueron muchas, sobre todo con el idioma; pero te las apañas, y cada día vuelves a casa más orgullosa porque vas superando todos esos obstáculos que antes te daban miedo y los demás te decían que no podrías superar; pero lo haces, y cada día mejor, y ese sentimiento de satisfacción no lo cambio por ninguno.

A veces te sientes sola, claro, muchas veces, y es cuando te das cuenta de lo que vales y de que en verdad, lo único que necesitas para ser feliz es tener una meta, unos objetivos y un sueño que cumplir. Teniendo esto claro, lo demás llega poco a poco.

Así que aunque todas las mañanas me pregunte ¿Qué hago aquí?, mi respuesta siempre es la misma: luchar por lo que quiero, vivir experiencias, aprender. Creo que son motivos más que suficientes para seguir con esta aventura.

Sobre todo, mi humilde consejo a todos aquellos que se encuentren en una situación parecida a la que yo tenía en España, es que no os dejéis absorber por el miedo. El miedo nos ata, nos empequeñece y nos impide ser felices. España es un país gobernado por el miedo, nos han metido el miedo en nuestras casas y lo peor de todo es que le hemos dejado entrar, pero no dejéis que os venza, no dejéis que nadie ni nada os robe los sueños y las ganas de luchar.

“No me pises lo soñao”.

viernes, 24 de enero de 2014

DESDE DENTRO

Nunca pude imaginar que mi vida iba a dar un vuelco por culpa -o gracias a- esas dos rayas. Dos rayas verticales en un sitio tan pequeño y que, sin embargo, iban a provocar las emociones más intensas de toda mi vida y, por supuesto, de lo que me quedaba por vivir. Dos rayas que, en realidad, se dibujaban como puntos suspensivos en lo que la gente llamaba “el resto de sus vidas”, y dos rayas que, en vertical, ya me indicaban cuál era el camino que tenía que seguir. Toda una contradicción que cabalgaba entre la ansiedad y la ternura. La ansiedad del principiante, de quien aún sabiendo hacia dónde debe caminar, no sabe cómo dar el primer paso. 

Y así fue como acontecieron las cosas. Así fue como me acostumbré a las sensaciones para las que nunca me habían preparado. Mi mejor maestro fuiste tú que, aún sin escucharte, sabía que estabas ahí, con lo primero que la naturaleza decidió regalarte: un corazón. Un corazón que iba a representar la esencia de lo que eres. Con unas lentas pulsaciones pero que, sin embargo, iban a revolucionar las de quienes pudieran compartir, más adelante, la mejor de tus sonrisas. Y es que pasaron semanas hasta que logré escucharte. Pero cuando lo hice, fui consciente de que ibas a cambiarlo todo. 

Entendí que en cada uno de mis dolores tú estabas presente. Entendí que tu forma de manifestarte era a través de mis síntomas, y entendí que aquellas dos rayas, iban en serio. Entendí que “haberte decidido” no se trataba de un capricho pasajero, y que decidiéndote a ti, había decidido lo que, a partir de ese momento, iba a significar gran parte de mi vida: la tuya.

Fue entonces cuando las cosas empezaron a sucederse rápido. Desarrollaste  dos puntitos negros que, más adelante, iban a ser los grandes focos del escenario de mis días. Empezaste a pesarme, y empecé a darme cuenta de que la teoría se estaba convirtiendo en práctica, y que cada manual se estaba volviendo realidad. Y es que hasta lo que entonces había sido una intuición, se acababa de convertir en sensación.

Me contaron que poco a poco iban formándose tus músculos, oídos y las primeras células nerviosas de tu cerebro. Me contaron también que ya podías respirar a través del condón umbilical. Y ante cada novedad en tu desarrollo, era incapaz de contener las lágrimas. Éramos dos corazones latiendo en un mismo cuerpo, y todas las esperanzas de uno, estaban puestas en el otro. Pude ver cómo podías abrir y cerrar tu boquita, y también cómo tu cerebro iba tomando forma. Vi además un amago de lo que serían, en un futuro, esos deditos de los pies que iba a morder continuamente con dulzura, y esas pequeñas extremidades que, de tus manos, iban a salir para que yo un día las besase a todas horas.

Después sentí lo que, años más tarde, se convertiría en la confirmación de que esas pataditas no eran las de un feto cualquiera. Ibas a ser un buen futbolista. Sentía parte de tu fuerza, sentía vitalidad y sentía, cada mes, mayor felicidad que el anterior. Porque a pesar de los síntomas, el cogerte entre mis brazos iba a valer todo el malestar del mundo. 

Y cada vez que estaba cansada, aprovechaba para soñarte. Me dijeron que, por aquel entonces, ya eras capaz de sentir muchas de las cosas que sucedían a tu alrededor. No sólo prestabas atención a mi interior, sino que empezabas a desarrollar el cotilla que más tarde me iba a demostrar que la curiosidad era la mejor forma de crecer. Ya te estabas moviendo, y yo decidí estimularte aún más. Hablaba contigo y te cantaba con ternura. Nunca algo tan pequeño pudo provocar una emoción tan grande.

Tu posición ya era la misma en la que iba a dejarte descansando unos meses más tarde día sí, noche también. Podía verte desde la pantalla, desde la cual el doctor me guiaba en el proceso de identificación de cada una de las partes de tu cuerpo, presentándonos de nuevo, presentándome cada uno de tus cambios. Parecías en paz con el mundo, y lo único que necesitabas para ello era un pulgar entre tus labios.

Y fue cuando, por fin, supe con qué terminación tendría que hablarte.

Supe tu sexo, y fue cuando decidí pintar de colores ésa noticia, el lugar de tus sueños, las cuatro paredes que protegerían una nueva vida, y las que iban a guardar los recuerdos de toda tu infancia. Tú ya estabas boca abajo, y yo, en mi vida, también. Los dos nos veíamos sumergidos en un mar de sensaciones nuevas.  

Y, cuando miré el calendario, supe que el destino de mi viaje se encontraba a una sola parada. Y supe, también, que un nuevo tren me estaría esperando. Así que, con nuestro futuro entre mis piernas, empecé a preparar la maleta. Sí, ésa, la que iba a llevarme al viaje más emocionante de todos los tiempos, la que representaba la decisión de llevarte al mundo, la que significaba perder todo mi egoísmo y mi impaciencia, la que simbolizaba la diferencia entre todo lo que había vivido, y todo lo que me quedaba por vivir. Pero esta vez, a tu lado.   

Así que la abrí y metí en ella los primeros pañales, tu nueva ropita y, lo más importante, todas mis esperanzas.

Las de que todo saliera bien.  

Y así fue cuando, entre tu primer llanto y el mío, pude cogerte entre mis brazos. Un abrazo para el cual no han existido, existen o existirán palabras en el diccionario para conseguir explicar lo que pudo llegar a significar ese momento.

El momento en el que, como hija, acababa de convertirme en madre. 


Noemí Carnicero Sans.

jueves, 9 de enero de 2014

ESCRITO DE UN VIEJO DEMENTE




                                                                   Iuiu / 25 años / Gerona / Parado


ESCRITO DE UN VIEJO DEMENTE


Apreciada camarera,

Porque imagino que serás camarera por lo que veo en la foto que te hice el otro día, pese a no recordar qué día fue. Lo sé, puede sonar extraño. La explicación es sencilla: tengo Alzheimer.

Mi nombre es Juan, y soy fotógrafo. Un fotógrafo que no sabe cuántos años tiene ya que no recuerda en qué año vive, pero que te puede decir que nació en el 39. Por lo que puedo recordar llevo treinta años fotografiando las calles y las personas de Barcelona, desde que compré mi primera cámara con veinte. Así que en teoría tengo cincuenta, aunque sé al mirarme al espejo que tengo muchos más.

Veo arrugas, pelo blanco y una mirada de tristeza al no reconocerme. Si no fuera que anoto algo en cada una de mis fotos, aparte de la fecha del día, no sabría en que realidad vivo. Una realidad que quizás olvido cada quince minutos. O diez. O cinco. No lo sé.

Es frustrante vivir así, preso del olvido, pero tiene su lado bueno. Cada vez que me pasa algo es como si fuera la primera vez que me pasara. Siento por primera vez. Me emociono por primera vez. Sonrío por primera vez. Vivir algo por primera vez es el mejor momento de un día, y yo tengo muchas primeras veces a lo largo de la jornada.

Un ejemplo es esta foto. No sé cuántas veces la habré visto hoy, pero me encanta. Y aunque no recuerdo por qué la hice, si sé por qué la hice. Estoy seguro que me llamaste la atención porque tienes una bonita sonrisa. Una sonrisa pura y sincera que llena de paz a los que te rodean. Es mirar la imagen y sentirme bien. Veo a una chica joven y preciosa que seguramente aprecia los pequeños detalles de su alrededor, pero que seguro que muchos, por el simple hecho de ser una simple camarera, la ignoran.

Y se equivocan. El ser feliz radica en los pequeños detalles. Un buen café, por ejemplo. Un trozo de tarta de chocolate. Un buen helado en verano. O la presencia de la chica bonita que te sirve. Me gustaría saber si me serviste aquel día, o si me has servido algún día.

Me gustaría saber muchas cosas, como por ejemplo cómo te llamas, de dónde eres, o qué edad tienes. Pero tengo que conformarme con mis anotaciones y mis fotos. Son la única manera de revivir mi día al final del día.
Daría lo que fuera para vivir veinticuatro horas con recuerdos. Iría a la cafetería, te pediría un café con algo dulce, te preguntaría cómo te llamas, me sonreirías, sonreiría, y me sentiría bien porque me alegrarías el día. Recordaría lo sucedido hasta acostarme. Una y otra vez. Y sabría lo que es ser feliz en el presente por un pasado verdaderamente próximo.

Pero esto no va a pasar. De ahí el motivo de estas palabras. Porque aunque sea un viejo demente, sigo sintiendo y emocionándome aunque sea por unos minutos.

Quizás no consiga entregarte esta carta con la foto, pero si la estás leyendo es que lo he conseguido. Así que aprovecho para darte las gracias.

Gracias por haberte conocido, y es que pocas personas son capaces de despertar un sentimiento de alegría viéndolas por primera vez en una foto. 

Dementemente agradecido,

       Juan