jueves, 22 de mayo de 2014

NO SE HACEN FOTOCOPIAS

 

Yaya Ceravieja/ Palencia / Músico (de profesión y de vocación)

 Tipo: 
Relato

Tema: 
La melancolía y la tristeza no puede hacernos agachar la cabeza, siempre hay un rayo de luz. Como dice mi madre, Dios te cierra una puerta, pero te abre una ventana. Y aunque sea sólo una mirilla, hay que buscar la esperanza para seguir adelante.

NO SE HACEN FOTOCOPIAS 

“Herrero e hijos, libros nuevos y de ocasión”, rezaba el rótulo de la librería. Llevaba allí más de cien años, pasando de padres a hijos a través de cuatro generaciones. Poco tiempo más iba a durar: el Ayuntamiento de Toledo había decidido demoler el edificio para hacer un aparcamiento. A punto de cumplir sesenta y siete años, la burocracia le destrozaba la vida, dejándole sin casa, sin pasado, sin recuerdos.

Escuchó la campanilla de la puerta, algo poco habitual en estos últimos tiempos, y con un suspiro salió a atender a su nuevo cliente.

—Hola, ¿haces fotocopias?

El autor de la pregunta era un muchacho rubio, delgaducho, con la cara plagada de granos, y una enorme mochila. “Y encima con los pantalones cagaos, hay que ver” pensó Eleuterio, avinagrado.

— ¿Fotocopias? ¿Fotocopias? Pero ¿tú has visto en algún sitio un cartel que diga “se hacen fotocopias”? ¿Es que has visto alguna fotocopiadora en la tienda?—exclamó, cada vez más alterado, mientras hacía aspavientos con las manos señalando todo a su alrededor.

—Vale tío, tampoco te pongas así, yo solo preguntaba—contestó el chaval, asustado. Mientras hablaba iba acercándose a la puerta de salida hasta que estuvo seguro de que su retirada no parecería una huída desbocada y, dándose la vuelta, salió disparado.

— ¡Y súbete esos pantalones, carajo!—gritó Eleuterio mientras veía correr al chico. Una risa rasposa empezó a subir por su garganta al darse cuenta de lo absurdo de la situación, convirtiéndose pronto en una carcajada incontrolable. En unos momentos, Eleuterio estaba inclinado sobre sus rodillas, riéndose a mandíbula batiente mientras golpeaba con las manos en los muslos. La risotada dio paso a la tos, y ésta a grandes sollozos desgarradores.

— ¡Dios mío, mi librería, me van a quitar mi… mi libre… mi librería.

Los espasmos del llanto que sacudían sus hombros empezaron a remitir, hasta que con un gran esfuerzo consiguió calmarse. Comenzó a levantarse, sacudiéndose el fondillo de sus pantalones de pana, restregándose los ojos irritados. Mientras tanto, paseó ociosamente la mirada por la tienda, sobresaltándose al no ver más que caos y porquería. Los escaparates estaban llenos de dedos, de suciedad; los mostradores se veían desordenados, con los libros abiertos boca abajo y sus lomos arrugados. El polvo había invadido hasta el último centímetro de las estanterías: nunca su amada librería había estado tan sucia y dejada.

Eleuterio suspiró desalentado. “¿Para qué molestarse? En un par de meses, todo será mierda, chatarra y basura” pensó abatido. Recordaba viejos tiempos, cuando el olor a libros nuevos llenaba la tienda una vez al mes, al recibirse los pedidos. Su padre, un hombre recio y chapado a la antigua, hablaba poco, salvo cuando era sobre su negocio. Solía revisar todos los ejemplares uno por uno nada más llegar. “Míralos todos, Eleuterio” le decía, “a nadie que ame la lectura le gustará encontrar un libro estropeado, mal encuadernado o que huela a humedad. Además, los libros necesitan que los mimen, que les presten atención. Si no, no te contarán sus secretos ni hablarán contigo”. Y Eleuterio los comprobaba, los acariciaba, los olía. Por las tardes siempre ayudaba a Manuel, su padre, a ordenar y limpiar la librería. Lo hacían en silencio, con complicidad de padre e hijo, miradas de soslayo y gestos de aprobación. Eleuterio atesoraba esos momentos como si fueran las joyas más valiosas sobre la faz de la tierra, porque unían a ambos con algo más fuerte que el simple vínculo familiar: el amor por sus libros. Y si todo salía bien, no le regañaban sus maestros, y las ventas semanales habían sido buenas, el sábado por la mañana Manuel dejaba a su hijo escoger la obra que deseara, para “aumentar su colección” como él mismo la llamaba. Y así, un Eleuterio muchísimo más joven pasaba la tarde escondiéndose de sus amigos, para poder disfrutar en soledad de su preciado regalo.

La campanilla de la puerta volvió a sonar, arrancándole de sus recuerdos. Una vez era anómalo, dos veces resultaba una novedad extraordinaria.

—Buenos días, ¿podría hacerme una fotocopia?—Preguntó otro chaval, casi un calco del anterior, aunque quizá con menos granos. Hasta usaba una mochila muy similar. “Por lo visto, hoy es el Día de las Fotocopias. Debería ponerme un lacito o algo” pensó cínicamente el librero.

—No tenemos fotocopiadora, hijo—suspiró Eleuterio, agotadas ya sus fuerzas.

—Señor ¿se encuentra usted bien?—preguntó el muchacho, preocupado al ver los surcos de lágrimas que cruzaban las mejillas arrugadas del hombre.

—Sí, me encuen….no, qué carajo, no me encuentro bien. Me van a tirar la tienda, ¿sabes? Y a nadie le interesa, a nadie le preocupa, sólo son unos aparcamientos, qué más da lo que quiera un anciano ¿eh? ¿Lo sabes tú? ¿Te importa a ti, acaso?—respondió con voz temblorosa por la angustia. El chico se acercó, y lanzó al hombre, que ya lloraba abiertamente, una mirada de lástima mezclada con ternura. Le frotó cariñosamente el hombro: un niño reconfortando a un viejo.

—Escuche, señor, a lo mejor puedo ayudarle. Verá, mi padre pertenece a una Plataforma de Afectados por la Hipoteca, porque el año pasado…vaya, ya sabe como están las cosas, se quedó sin trabajo y no podíamos pagar, así que el Banco vino a echarnos. Lo bueno es que conseguimos pararlo, y ahora seguimos viviendo en casa. ¿Quiere que le diga que venga a verle, a ver si a él se le ocurre algo?

Eleuterio dejó de sollozar y sin una palabra levantó la mirada para posarla en él. Observó en sus ojos un dolor y una aceptación que ya conocía por haberla visto a diario en el espejo. Y una madurez inesperada en alguien tan joven. De pronto se dio cuenta de lo que aquello significaba: un rayo de esperanza en la devastación de su vida. Una sonrisa trémula iluminó su cara.
—Sí, muchacho, la verdad es que me gustaría mucho hablar con tu padre.

— ¡Genial! Pues ésta misma tarde le digo que baje a verle—respondió contento el chaval, y se dio la vuelta para salir de la tienda, con la sempiterna mochila golpeándole en la espalda.

—Oye, chico—le llamó Eleuterio.

— ¿Sí?—el joven se había vuelto a medias, con una mano en la manija de la puerta entreabierta. La luz que le iluminaba, filtrándose a través del polvo, le daba un aspecto etéreo y fantasmal, casi de ensueño. El viejo le miró con una expresión peculiar en sus ojos.

—Gracias.

El muchacho sonrió ampliamente y salió de la tienda, tras hacer un gesto de despedida con la mano. Eleuterio se quedó mirando un rato en su dirección, con la vista perdida. Al poco tiempo buscó bajo el mostrador una cartulina y un rotulador, y escribió algo. Con paso decidido, salió a colgarlo en el escaparate de la librería. Cerró y fue a su trastienda a comer. El cartel decía:

No se hacen fotocopias. Se venden ilusiones”.



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