Ni se te ocurra.

Ni se te ocurra hundirte al ritmo de sus humillaciones ni agachar la cabeza a medida que percibes el compás de su respiración entrecortada. Que ellos se alimentan de tus miedos, y escupen en tu cara nada menos que sus propias inseguridades. Que aquella sonrisa desafiante que se acerca por allí no es más que un arma vacía a la espera de tus balas. Para, con ellas, subirla a la categoría de destrucción masiva.  

La de hundirte mientras luchas por mantenerte a flote, la de poner en duda tus fortalezas  y la de ver defectos allá donde yo, sólo veo virtudes.

Ni se te ocurra.

Ni se te ocurra dudar de ti ni un solo momento. Que lo que tú no ves en el espejo es, precisamente, el reflejo de lo que les asusta. Aquello que tú eres y ellos, pobres desgraciados, nunca podrán llegar a ser. 

Date tiempo.

No asumas un sufrimiento que no te corresponde. Que tu valor no está en venta y, si lo estuviera, tampoco lo podrían comprar. Dale una patada a sus prejuicios ya que, al fin y al cabo, no son más que limitaciones a las que sus vidas se agarran para no hacer frente a lo que les separa de los demás: 

Las diferencias.

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