sábado, 2 de septiembre de 2017

BIENVENIDO A MI VIDA


Bienvenido. 

Bienvenido a ese espacio inconquistable en el que plantar bandera suponía un delito contra la intimidad. A ese espacio para el que tan solo había sitio para mí y en el que ahora tengo que tirar tabiques para que quepa el beso de buenas noches que pende de la comisura de tus labios. 

Bienvenido. 
A lo mejor y a lo peor de mí. 
A la electricidad que provoca una mirada cómplice cuando te abrazo el corazón y a la que en silencio y de soslayo, anuncia la gran tormenta. 

Bienvenido. 

A una de las mejores aventuras de tu vida. 
A una de las mejores de la mía. 

La de recorrernos juntos en todas las etapas en las que despertar juntos todas las mañanas siga compensándonos la locura de dudar, por un momento, dónde está nuestro lugar. 

Y perdóname. 
Por anticipado. 

Perdóname por todas aquellas veces en las que en lugar de darte los buenos días me empeñe en cuestionarte si haber dejado conmigo tus maletas ha sido buena idea alguna vez. 

Porque se me pasará. 

Se me pasará para que después, la tormenta, traiga conmigo su calma. Para que seas capaz de ver más allá, de anticiparte un poco a mí y que, con aquella paciencia infinita que te caracteriza, seas tú quien me de la bienvenida cuando el único sitio donde me apetezca caer sea en tus brazos. 

Y así, y un poquito cada día, rescátame del gris en el que se te haya abierto mi abanico. Y píntame tantos sueños en común como besos te quepan en mi espalda. 

Rescátame. 

Rescátame siempre de aquella rutina que, en cualquier granito de arena de nuestro reloj, quiera arrebatarle el tiempo que nos queda. Que yo no quiero pararlo. Y que así, a tu lado, el infinito nos coja caminando.

Noemí Carnicero Sans.


domingo, 12 de marzo de 2017

SIN PALABRAS

Hace tanto tiempo que no piso estas líneas que mis manos habían perdido la capacidad de perderse por aquí. A mi corazón se lo había llevado la nostalgia a dar una vuelta por aquellas fechas que, por alguna razón, habían tenido fuerza suficiente para atravesarlo.  

Y es que desde que te fuiste, se me fueron un poco las ganas. 

Las ganas de escribir tan profundo y desde mí, que temblara en mis ojos tu recuerdo. Las ganas de que tu risa me acariciara el alma desgarrándola al escucharla. Y así, o por eso, le puse un parche al reloj y fui escribiendo historias ajenas en las que en ninguna aparecieras tú. 

Porque yaya, t’estimo tant, tant, tant, que me escuece el corazón cada vez que no encuentro palabras. Palabras para hablar de tu recuerdo en vez de contigo. Palabras para resucitar tu sonrisa, esa manera tuya de mirarme y aquellas lágrimas con las que siempre me recordabas no solo lo mucho que me querías sino, además, a quién se parece mi llanto. 

Pero sabes qué, yaya? Hace tiempo que tengo algo que contarte. 
Recuerdas aquel chico que conociste aquellas fiestas? 
El mismo que pintaba Navidad en mis ojos?
Pues sí. Tenías razón. 

Con aquella media sonrisa tuya que delataba lo que callabas, tenías razón. 
Y me alegro de manera infinita de que te llevaras hasta el cielo mi secreto. Aquello que aún no había sucedido del todo pero que, sin embargo, estaba a punto de dejarme del revés. Pero así. Enterita. 

Y es que él es mis alas. 

Es el soplo de aire fresco con el que ventilo mi vida cuando me ahogo. Es mis manos cuando necesito ponerlas por delante al caer. Es mis pies cuando me falla el equilibrio. Por eso no sabría si decirte que lo es todo, pero sí una pieza imprescindible para que parte de ese todo encaje con una vida en la que él me ha enseñado a encajar.

Y ahora la acepto, la agradezco y la disfruto. 

Y cuando no la entiendo, me fundo en sus abrazos para reconciliarme con ella. Porque Raúl tiene ese poder. El de que me sienta permanentemente afortunada. Y es por lo que no creo en el amor sin condiciones por lo que nuestro día a día es una reconquista continua. Una tierna seducción que se confunde con la pasión con la que se le da un beso a la persona a la que admiras. 

Y a cada piedra que nos encontramos con la que construimos nuestro camino vamos convirtiéndonos en un equipo invencible que, aunque no lo es, al menos así se siente. Porque cada uno es del otro lo que al primero le falta y, con esa paciencia que él me ha enseñado a tener, descubro que la suerte no es de quien la tiene, sino de quien no se cansa de buscarla. 

Porque tenemos fe.
En lo que somos y en hacia dónde vamos. 

Por eso, y aunque no tuve tiempo para contártelo, estoy segura de que una de esas últimas sonrisas que me viste fueron reflejo de la que llevaba pintada de punta a punta del corazón. Él causa y consecuencia y tú, yaya, la primera herida a la que nunca podré quitarle la tirita.

Porque es muy difícil entender que ya no estás.
Que te has ido.
Que nunca, nunca, nunca, nunca… voy a poder volver a acariciarte.  
         
Que tengo tu voz en mi grabadora, tu imagen repartida por una habitación llena de recuerdos y tu olor en aquel último frasco que dejaste para que, al destaparlo, pudiera volver a recuperarte en mi memoria. 

Como si estuvieras de nuevo a mi lado.

Como si pudiera acercarme a ti para despedirme otra vez y, como siempre, decirte “no t’estimo”, y tú contestarme… 

“i jo tampoc”. 


Texto dedicado a la estrella de mi cielo. La única por la que, en 6 meses, dejaron de salirme las palabras. La única por la que podía quedarme sin ellas. 
A mi yaya María, 
Jo no t'estimo.