Ayer terminé una conversación dándome cuenta, al colgar, de la manera en que nos has cambiado la vida en un abrir y cerrar de ojos. “Oye, te dejo, que en 10 minutos empieza el toque de queda y todavía estoy en el párking”. Y así, y bajo un protocolo automático entre geles y mascarillas, vamos arrancando las páginas de un calendario en el que parecemos no avanzar.

Y es que has aparecido de golpe y sin avisar invadiendo nuestra rutina y llevándote por delante nuestros planes y nuestros sueños. Has arrancado de cuajo libertades que dábamos por sentadas y nos has obligado a aceptar con resignación un cambio vital que nadie te había pedido.

Porque no todos estábamos preparados. No todos estábamos en las mismas circunstancias.

Empezaste asomándote cuando nuestros ojos aún te observaban con el recelo de quien no termina de creerse que algo tan pequeño pueda con algo tan grande: nuestras vidas. Y poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que el orden, ni más ni menos, venía siendo al revés. Así que sí, que ya nos hemos enterado: que no somos nada.

Te has atrevido a venir para quedarte. Convirtiéndote en el responsable de movernos los hilos cual títere. Hoy aquí y, mañana, ya veremos. Nunca nos hubiéramos imaginado que, tras años de meditación y de búsqueda de la mejor fórmula para aprender a parar, tu otra cara de la moneda vendría con el regalito obligado de un “Carpe Diem” que no queríamos, claro.

Porque la libertad está en poder escoger. Y tú, lejos de darnos más allá de la posibilidad de aceptarlo o resignarnos, nos lo impones.

Has sido espectador (y culpable) de una madre muerta de miedo con el recién nacido en sus brazos, huérfano de cualquier otro contacto que no haya sido el de sus padres. Has estado presente en todas las ausencias. Porque allá donde estás tú, no puede haber nadie más. Por eso, cabe un mundo en la distancia que separa los brazos de un nieto y los de sus abuelos, los mismos que se han convertido en valientes responsables de una época que ya no creía suya y que, irremediablemente, les afecta demasiado.

Por tu culpa, los más pequeños han tenido que aprender el significado de una sonrisa en ojos ajenos y, los que no lo son tanto, a despedirse de las expectativas que tenían sobre la que creían sería la etapa socialmente más importante de su vida: la adolescencia. Muchos de ellos, además, pecando justos por pecadores y viéndose criminalizados por culpa de una minoría sin empatía ni moral. Te has colado en las residencias de estudiantes, en aulas y universidades y en la vida de aquellos chavales que empezaban su etapa universitaria con la misma incertidumbre como quienes acaban de terminarla.

Y es que lo tuyo son las listas.

Las de nº de infectados, las de nº de fallecidos, las de nº de parados, las de nº de personas en las colas de los Bancos de Alimentos y ONG’s, las de nuevas restricciones, las de nº de nuevos comercios cerrados por sectores…

Y una vida detrás de cada número. Y un nombre detrás de cada vida.

Las primeras oportunidades laborales perdidas y, las últimas, sin haberlas visto venir. Familias enteras pendientes de un hilo, de una nueva restricción, de una nueva limitación que les ahogue tanto, que les deje definitivamente sin aliento. Padres que ya han pasado por todas las etapas del optimismo posibles quedándoles ya tan solo la energía suficiente para levantarse al día siguiente y esbozar, con dificultad, la misma sonrisa que aunque ya no tienen, tendrán que taparse.

Parejas con decisiones tan aplazadas en el tiempo que han visto su ilusión mermada mes a mes, cortándoles las alas a cualquier mariposilla que se atreviera a revolotear por sus entrañas. “Ahora no, y ya veremos si algún día”, parecen advertir tus tijeras.

Sí, hombre. Estas que tanto te gustan.

Con las que nos vas dejando sin oxígeno, un poquito cada día. Porque allá donde antes vislumbrábamos final, hoy volvemos a ver incertidumbre, provocando socialmente los inicios de cierta indefensión aprendida bajo la que peligra el motor de nuestra esperanza.

Por no hablarte de ellos. De los que están al frente de las peores situaciones en las que nos pones. Todas aquellas personas (porque acuérdate, antes que profesionales, son personas) que están resistiendo muy por encima de sus fuerzas y posibilidades sin ser conscientes de que, aún para muchos, lo peor está por venir. Y es que el barrido psicológico que vas a dejar tras tu impacto es de dimensiones incalculables, amiga.

Nunca un beso o un abrazo habían venido acompañados de tanto veneno.
O por virus,
O por miedo.

Porque hay algo que supera todo lo anterior, cualquier mención a situaciones en las que nos hayas restringido el acceso a la vida. Y es la muerte.

Esa es la peor de tus bazas. El peor de tus poderes. Esa es la manera más cruel que tienes de borrarnos de un mapa cuyas coordenadas suelen moverse por amor. Y no es ni siquiera con amor, y rodeados del cariño que nos merecemos, como dejas que nos vayamos. Nos vamos en la más absoluta soledad convirtiéndote, maldita seas, en la forma más cruel ya no solo de despedirnos de ti, sino de hacerlo de un mundo al que nadie te había pedido que vinieras.

Maldito virus.
Maldita Covid.

Noemí Carnicero Sans

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